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Fray Hugo Hernán Vargas Bravo. OSM
Con mucha pena recibimos a través de los medios de comunicación la noticia de un nuevo sismo, aquí cerca, en la región central del Perú, cuyo epicentro se encuentra al sur de Lima, en la región de Pisco. La naturaleza se había mostrado implacable, devastando grandes zonas y en el primer recuento se contaban más de 500 muertos; la falta de agua, luz y auxilio para retirar a muertos y heridos y lograr que los que se encuentran graves no pierdan la vida, es casi imposible. Como luchar con las magras fuerzas, el animo seriamente comprometido, el temor rondando las esquinas; en un país (al igual que todos nuestros países) donde la clase política se ha olvidado de ver y velar por los grandes sectores sociales, las grandes mayorías de desheredados; estos que desde ya están desposeídos de la dignidad, del trabajo y de los medios de producción y acumulación de la riqueza. Pareciera que la naturaleza se ensañara con traición y violencia con aquellos que la vida y el destino mismo se ensañó por siempre. Y Dios, nuestro Padre Benefactor y Protector, ¿dónde está? ¿Acaso la naturaleza se mueve de acuerdo a los estados de animo del Padre, y éste ante tanta iniquidad, traición y blasfemia se enojó, simplemente se molestó? Lo cierto que Dios nuestro Padre, no es un Dios de maldad, mucho menos un Dios castigador, aquel que ante la falta de sus hijos reacciona con violencia y en forma desmedida, pues claro que no. Nosotros los hombres no debemos mezclar las cosas, ni atribuir a Dios cuestiones que van más allá de la comprensión o de la preterintencionalidad de nadie. Por supuesto que no. Sin embargo, así como no podemos atribuir a Dios responsabilidad en los hechos, no debemos deslindar responsabilidad en los hechos humanos: a pesar del dolor, la muerte y la tragedia, el gobierno peruano tuvo que disponer el patrullaje de tropas en el lugar, para evitar el pillaje, el robo y los saqueos. Que triste: la muerte, el hambre y la desesperación rondando, y algunos usufructuando las ganancias de la miseria, reconcentrando miserias a costa del dolor humano. Y como en este punto no debemos echarle la culpa a Dios, sin embargo sí podemos asumir como hombres que estamos fallando. En ninguna de las iglesias, ni capillas de la provincia hasta ahora hemos realizado algún tipo de campaña para socorrer a nuestro hermano pueblo peruano. Hablamos, en la palabra nos condolemos, pero hoy la ayuda debe expresarse en hechos tangibles, reales y cuantificables, o sea en ayuda material, así de claro. Es cierto que como párrocos, religiosos, ministros y pueblo de Dios organizado, debemos acompañar al pueblo y ayudarles con el mensaje del Verbo a sobrellevar el dolor, sí, pero también en esta hora aciaga debemos comprender que nuestra misión va más allá de los discursos, o dicho de otra forma ir de la oración a la acción, y nuestro mayor elemento y herramienta de acción misional debe ser el ejemplo que demos a nuestros fieles, con actos de consecuencia y compromiso. Por tanto cabe una reflexión y complementación al texto D.A., que cito de manera textual: “Encontramos que estamos invitados a vivir en profundidad nuestra vida religiosa consagrada; a hacer del apostolado espacio de anuncio explícito, especialmente a los pobres. Aquí el modelo es Cristo: atenderemos al anuncio del Reino, allí Jesús revela al Padre superando todo legalismo”. Sin embargo debemos pasar del anunció explicito a la acción pro-activa y pro-positiva, pues nuestro apostolado nos reclama hoy, no mañana, inteligentes y novedosas campañas a favor del pobre Jesús que hoy se presenta en ese pueblo peruano, golpeado por la miseria, la naturaleza y el hambre. Lo contrario sería quedarnos cómodamente en el ‘ad literam’ del libro sagrado, pues el Cristo del Gólgota nos mostró el camino misional, con el ejemplo, con un ejemplo tan duro como generoso, tan humano como mordaz; con la inmolación de su propia vida, pues si nos quedamos en el sermón y la oración, va parecer que hubiéramos olvidado el mensaje del Padre: de darse por los demás y amarnos los unos a los otros, sin cómodos recursos lingüísticos e ideológicos. Aquí se necesita acción, recordar a la feligresía que la misericordia del Padre debe expresarse en pan y en vino reales, para saciar la sed y el hambre del golpeado pueblo peruano. Quién sabe: sólo así enseñemos a las ovejas el milagro de la transubstanciación de los elementos materiales de la eucaristía en la fuerza Crística; sólo así entenderemos porque el Padre un día nos enseñó que no sólo de pan vive el hombre, y que este Padre amoroso y de toda bondad jamás nos castigaría, pues no es un Cesar donde la naturaleza es su caprichoso, discrecional y abusivo pulgar.
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